Los archivos de Michael McBride

Muchos me preguntan por mi condición de Agente Libre. Hay quién piensa que no es algo voluntario, que la mayoría somos antiguos miembros corporativos repudiados por algún asunto turbio. No conciben, les sorprende que, algunos no queramos saber nada de las megacorporaciones, de forma voluntaria.

Quizá no os hayáis hecho aún una idea de cómo es el juego de las megacorporaciones en Mutant Chronicles. Creo que la mejor forma es esta pequeña narración de mi viejo amigo y también Agente Libre, McBride. De las muchas que aparecen en el manual del juego de rol. Espero que os  guste.

Ciudad de Luna

Ciudad de Luna

En tiempos, ese lugar había sido un pueblo, de la misma manera que los cadáveres chamuscados esparcidos a sus alrededores habían sido hombres, mujeres y niños. Por todas partes se podían ver indicios de ocupación: un pequeño altar con los iconos de la Hermandad fundidos, un muñeco de madera chamuscado y ennegrecido de un niño, una radio barata de Mishima que, incomprensiblemente, había sobrevivido intacta al holocausto.

La muerte había descendido de los cielos sobre esta gente desprevenida. Permanecí en el centro del nuevo claro en la selva venusiana y tuve miedo. Aunque el aire era cálido y húmedo como un baño de vapor, sentí un escalofrío. En un kilómetro a la redonda todo había sido reducido a cenizas. Mi armadura de campo parecía endeble y absolutamente inadecuada.

El aire apestaba con el olor químico acre de las bombas de combustible. Ni siquiera las aves carroñeras osarían descender con ese hedor. Se nos dejaba a nosotros, los carroñeros humanos, la tarea de rebuscar entre los restos de las vidas de esa gente.

– Parece que nuestros amigos de Bauhaus han hecho una barbacoa. – dijo Magíllan.

Su voz sonaba aún más entrecortada y plana a través del auricular. Hice una mueca. Era exactamente lo que esperaba que dijera. Era el tipo de humor lacónico y craso con el que las tropas de Imperial solían afrontar lo impensable. Lo he escuchado cientos de veces después de cientos de tiroteos.

– Sí – dije, hablando tranquila y suavemente en el micro, como se me había enseñado hacia mucho tiempo durante la instrucción.
Blain me sobrepasó. Era un hombre alto y corpulento que llevaba su fusil de asalto con tranquilidad profesional. Miró hacia el muñeco chamuscado y movió su cabeza tristemente.
– Una pena, una auténtica pena, – dijo. – ¿Tienes hijos McBride? , – preguntó.
– No. ¿Y tú?
– Tuve dos. Murieron en un ataque terrorista en Heimburg. Hace dos años-
– Lo siento, – dije. El se aclaró la garganta.

Le miré. Blain era de los que sabían más de lo que contaban. Como el resto de nosotros, vestía el modelo de armadura corporal pesada indescriptible preferida entre los soldadas de fortuna y, como el resto de nosotros, sus papeles le identificaban como un consultor de seguridad, un mercenario, aunque yo sabía algo más. Blain tenía la mirada que identifica a los miembros de las Fuerzas Especiales de Imperial. Esa mirada sombría producto de un fuerte entrenamiento y que revelaba predisposición para el combate. La mirada de los que han mirado a los ojos a la Oscuridad y nunca han retrocedido. Casi se podía ver la Boina Ensangrentada sobre su cabeza cana. Los demás miembros de nuestra alegre compañía tenían el mismo aspecto, y volví a preguntarme en que me había metido. ¿Cómo había terminado en un pueblo muerto en las zonas de guerra de Venus tras tres semanas de abrirme camino a través de pantanos y selvas?

Agente Libre

Agente Libre

Un trabajo sencillo, o al menos así lo había descrito el hombre del Cuatro. Uno de nuestros comandos de largo alcance se ha vuelto loco. Debe haberle afectado a la cabeza el sol y el zumo de diablomoras. Queremos enviar a un equipo para sacarle de ahí. Necesitamos gente que haya estado en la selva, que sepan de que va el tema, que se pueda confiar en su silencio.

Si, ya… un trabajo sencillo. Nada que salga de las retorcidas imaginaciones que rigen el CSI-4 puede ser sencillo. Me preguntaba qué había estado haciendo Taggart, ¿qué podía justificar el ataque aéreo que había destruido el lugar? ¿Qué podía justificar el envío de una fuerza de ex-Boinas Ensangrentadas para buscarle en todos lospueblos de la zona? Se rumoreaba que había estado dirigiendo una red de tráfico de armas en territorio de Bauhaus, suministrando a rebeldes y terroristas.

Me preguntaba si había sido una coincidencia que el pueblo que estábamos a punto de visitar había sido arrasado la misma mañana de nuestra llegada. Se me ocurrió que si hubiésemos llegado unas horas antes, los cadáveres chamuscados habrían sido los nuestros.

¿Coincidencia? Cuando se trata de los letales burócratas del Comando de Seguridad Imperial, no creo en las coincidencias.

– Es inútil. Sargento, – dijo Curtís a través del enlace codificado de radio. – No encontraremos nada. El lugar está frito.
– Registrad los cuerpos, – dijo Blain. – Taggart llevaba placas identificativas. -Tras diez minutos de búsqueda encontré una placa plateada colgando del cuello abrasado de un cadáver ennegrecido. Era Taggart. Debía haber intentado cubrirse cuando escuchó llegar a los aviones. Intenté no pensar en cómo habrían sido sus últimos instantes. Le mostré la placa a Blain. Sonrió de manera breve y salvaje y ordenó que nos moviéramos.

Estábamos a unos cien metros de la selva cuando escuché los helicópteros. Me giré y vi a los Libélulas blindados descendiendo desde el cielo. Vi como la tierra saltaba a los pies de Magillan antes de escuchar el sonido del proyectil al ser disparado. Mientras corría para cubrirme, vi como mi compañero saltaba en pedazos. El sudor recorrió mi espalda. Estaba esperando el dolor y la fractura de huesos producida por una bala de gran calibre que atravesara mi armadura. Me lancé de cabeza como un nadador hacia la maleza que empezaba a crecer junto a la selva.

Escuché las voces entrecortadas de la escuadra dando datos de situación por la radio. Blain daba órdenes calmadamente. Escuché el estallido de las Invader cuando la escuadra devolvió el ataque. Algún instinto me indicó que mantuviera silencio de radio, que la misión había sido puesta en peligro. Avancé sobre mi estómago y me retorcí como una serpiente sobre la masa húmeda de hojas en descomposición. Los helechos me azotaron la cara. Por encima de mi cabeza, una nube de coloridos pájaros echaron a volar asustados por el repentino estallido de hostilidades.

A través de lo radio escuché las voces de la escuadra, y en mi mente dibujé la historia de la batalla. Thompson y Cleary fueron aplastados por la caída de un árbol. Pude escuchar el trueno de la Destroyer de Thompson mientras intentaba vender cara su vida. Blain intentaba reagrupar a la escuadra a unos trescientos metros a mi izquierda.

Me helé cuando a unos tres metros pasó un grupo de Rangers Venusianos, con sus blancas mascaras de calavera y silenciosos como fantasmas, dirigiéndose hacia el tiroteo. Su armadura blanca les asemejaba a espectros procedentes de las cenizas del pueblo muerto. Pude haberles abatido con una ráfaga, pero ¿de que iba a servir? No sabia cuantos podían venir tras ellos.

Mi corazón latía con fuerza y mi columna estaba empapada de sudor. Conté hasta diez y me moví. Con el rabillo del ojo vi un borrón blanco, y me lancé al suelo rodando. Una ráfaga de fuego automático levantó una nube de polvo del sitio en el que había estado.

Se acabó el sigilo, pensé, y disparé una ráfaga con el Invader. Escuché a un hombre gritar y caer. Corrí a través de la maleza, manteniendo mi cabeza baja e intentando alejarme todo lo posible antes de que empezara la persecución. Había demasiados enemigos, y si quería averiguar qué sucedía, necesitaba seguir vivo. Me dejé rodar por una cuesta, agarrándome a unos matorrales para frenar mi caída. El Invader se me escapó de las manos. Llegué rodando al suelo y me puse de pie, para descubrir los cañones de diez AG-17 que me apuntaban. Las calaveras parecían impasibles, aunque sabia que mi muerte estaba muy cerca. Brevemente consideré la posibilidad de saltar a por mi arma. Muy brevemente.

– No disparéis. – Dije. – Me rindo.

La celda era pequeña. Mis moratones tenían mala pinta. Mi boca sabia a sangre y el aire olía al desinfectante usado para lavar las heridas abiertas. A nuestros amigos de Bauhaus les gustaban las cosas limpias y eficaces. Estaba seguro que cuando me sacaran la información que querían, se librarían de mí de manera limpia y eficaz. Me obligué a levantarme, a hacer que mi maltratado cuerpo funcionase. Intenté averiguar lo que había sucedido. La operación había sido puesta en peligro, pero no sabía quien había sido. Tenía mis sospechas. Era una lástima que nunca pudiera confirmarlas.

Agente Libre

Agente Libre

La puerta se abrió. Me asusté, pensando que ese era el fin. Que mi vida se acababa. Me sorprendió ver a Blain. Él había sido el que nos había llevado a la trampa. Él había sido el que había guiado a la escuadra hacia su destrucción. Trabajaba para Bauhaus.

– ¿Por qué?, – dije, – haciendo la única pregunta que me vino a la mente. Quería una respuesta. ¿Qué podía llevar a un antiguo Boina Ensangrentada a traicionar a sus camaradas?
– Rápido, – contestó. – Ponte esto. Tenemos que salir de aquí. – Era un uniforme de Bauhaus. Casi era de mi talla.

Apenas me moví. Esperaba otra trampa. Iba a ser un espía, muerto al intentar huir. Aún así, hacer algo era preferible a quedarse allí, y con cada paso me acercaba a Blain. Si me volvía a traicionar, tendría una oportunidad más de matarle con mis manos desnudas. Debió ver mi sonrisa, y levantó el arma rápidamente.

– Ni se te ocurra, – dijo.
Fuimos hasta el pasillo y vi al guardia. Estaba tumbado, con la cabeza en un ángulo extraño. Nos movimos rápidamente.
– ¿Por qué? – volví a preguntarle.
– Querían a Taggart desde hace años. Estaba dirigiendo una red de tráfico de armas y equipo hacía
Bauhaus.
-¿y?
– El ataque terrorista de hace dos años en el que murieron mi esposa y mis hijos.
De repente supe a donde iba la conversación. – Fue Taggart. ¿no?
Blain asintió. – Por eso me presenté voluntario para dirigir la misión.
– ¿Por qué el ataque aéreo?
– No fue idea mía. Quería matarle con mis propias manos. Tampoco fue Bauhaus. Si me quisieran
muerto ya lo estaría.
– Tú avisaste a los Rangers.

Sacudió su cabeza. – Tenía un trato. Ellos querían a Taggart vivo, y no iba a dejárselo. Él era todo lo que yo quería. Cazarle era la razón de mi existencia. Ellos fueron a investigar el ataque aéreo. Las cosas se salieron de madre.

Nos dirigimos hacia un tramo de escaleras que llevaban al tejado. Nadie intentó detenemos. Si no había sido Bauhaus el que había lanzado el ataque aéreo, ¿quién había sido? Entonces, mientras caminaba hacia el húmedo aire nocturno, lo supe. Taggart se había convertido en un renegado. El Cuatro había autorizado que Blain fuera tras él, y debían saber qué sucedía. Blain estaba en el límite y sabía que el CSI había respaldado la operación terrorista que había acabado con su familia. Él había estado negociando con Bauhaus para conseguir a Taggart. Yo mismo había sido cogido en varios renuncios en el pasado. Supongo que al resto les pasaba lo mismo. Pensé en la hora del ataque aéreo. El Cuatro quería acabar con media docena de pájaros de un tiro, y Bauhaus sería culpado.

A nuestros pies pude ver el campamento, el típico fortín de jungla venusiano, de hormigón, trincheras y alambre de espino. Sin duda habría campos de minas. En la azotea había helicópteros, repostados y esperando. Nos subimos a uno y comencé las pruebas de despegue. Blain volvió a salir. La última vez que le vi bajaba las escaleras. Era un hombre extraño, y me pregunté por qué me había salvado. Se lo dije.

– Te preocupaste por los niños, – dijo. Tiré de la palanca y el helicóptero saltó hacia el cielo. Un minuto después hubo una gran explosión a mi espalda, como si alguien hubiera puesto una carga de demolición en el almacén de munición del fortín. Aceleré el motor. La noche era oscura, y tenía un largo camino que recorrer.