La Cruzada Venusiana

El único que no desesperó fue el Cardenal. Creía con fe en el inevitable triunfo de la humanidad. Caminó entre las masas curando al herido, salvando al enfermo, predicando al fiel. Allí por donde caminaba, brillaba la luz y la esperanza llenaba los corazones de los que le escuchaban. Sabía lo que debía hacerse.

Convocó a todos los jefes de las Megacorporaciones y les dijo qué se esperaba de ellos. Al principio lo rechazaron, temerosos de perder sus antiguos poderes y privilegios si se sometían al líder de la Hermandad. El Cardenal Durand no discutió. Simplemente indicó que si triunfaba la Legión Oscura de todas formas lo perderían todo. Los poderosos señores de las corporaciones sopesaron sus afirmaciones y descubrieron que estaba en lo cierto. Estuvieron de acuerdo con el plan del Cardenal, que se puso en marcha ese mismo día.

Los Inquisidores y Misioneros se movieron entre las fuerzas armadas de las corporaciones, predicando la Palabra Santa, escudando de la Oscuridad a los soldados con la Luz del Arte. Los ejércitos de la humanidad finalizaron su larga retirada y comenzaron a resistir.

Los discípulos de Algeroth no volvieron a conseguir victorias sencillas sobre enemigos aterrorizados. Ahora encontraban resistencia enconada de guerreros decididos que sabían que eran la última esperanza de la humanidad y que incluso el más mínimo acto de heroísmo podría desequilibrar la balanza en este conflicto cósmico entre el bien y el mal definitivo.

Mientras tanto, el Cardenal llamó a su presencia a las fuerzas de élite de todas las Megacorporaciones y las preparó para la batalla. Hasta él fueron los Leones Marinos de Capitol, los Hatamoto de Mishima, los Rangers Venusianos de Bauhaus y los Boinas Ensangrentadas de Imperial. Fueron reforzados por contingentes del Segundo Directorio y liderados por los poderosos Doomtroopers. Fue la mayor reunión de héroes de la historia de la humanidad. Tenía que ser así. El plan del Cardenal Durand era sencillo; llevarlos a Venus para enfrentarse al mismísimo Algeroth.

El Bendito y el Apóstol de la Guerra se encontraron en el campo de batalla. Los guerreros de la humanidad se enfrentaron a una horda gigantesca de Ezogules, Legionarios, Nefaritas y Centuriones. Rodeado de su guardia personal, la legendaria Furia, El Cardenal abrió una senda roja de destrucción hasta que llegó a Algeroth. El Santo y el Señor de la Destrucción lucharon durante un día y una noche. Combatiendo a todos los niveles. La Espada Sagrada resonó contra la Armadura Simétrica. Las Balas Negras rebotaron en las Santas Vestiduras. Olas de Simetría Oscura intentaron sofocar la Luz. Por fin, el Cardenal dominó a su rival y Algeroth huyó al interior de su Ciudadela, perseguido por Nathaniel Durand. Allí, en el Santuario, ante el mismísimo altar de Algeroth, el Cardenal derrotó al Señor Demonio de la Tecnología Oscura, pero recibió una herida mortal.

Y de esta manera, en su mayor triunfo, Nathaniel Durand fue derribado. Nuestro regocijo por su triunfo quedaba mermado por el dolor de su perdida. Pero no se perdió todo; Durand fue sucedido por el Mariscal Supremo de Bauhaus Toth, un hombre de santidad probada y fervor guerrero.

Tras la derrota de Algeroth, el Cardenal Toth se hizo cargo de la guerra contra la Legión Oscura. Poco a poco fue rechazándolos de los mundos que habían conquistado previamente. La Hermandad condujo a la humanidad a una victoria cierta. Las Ciudadelas fueron cayendo una a una. Los ejércitos de la Legión Oscura derrotados uno tras otro. Lentamente, pero con paso firme, la humanidad consiguió imponerse y las fuerzas de la Oscuridad se vieron obligadas a retirarse a las regiones exteriores del sistema solar.

Era inevitable que la humanidad se volviera hacia la Hermandad buscando guía. ¿Acaso el Cardenal no había liderado a la humanidad en el peor de sus momentos? ¿No había sacrificado su propia vida para salvar a su gente? La población estaba cansada de guerra, cansada de corrupción. Anhelaban una nueva era y nuestra Hermandad les mostró el camino.

Se finalizaron las obras en las grandes Catedrales, que se convirtieron en lugar de peregrinación para los fieles. El Cardenal Toth ordenó que se grabaran en sus muros las Crónicas de nuestra Hermandad y promulgó Edictos para erradicar para siempre la Oscuridad y para que no volviera la época de conflictos corporativos. Los tres Edictos de Toth eran sencillos:

– Ningún humano intentará crear una máquina que piense como un hombre.
– Ningún humano viajará más allá de la órbita de Júpiter, para evitar volver a llamar la atención de la Oscuridad.
– Ningún humano intentará estudiar la Oscuridad.

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