Aquí os dejo una pequeña narración que escribí hace mucho tiempo, ambientada en la Ciudad de Luna, por si os puede dar pie a ideas para una aventura en el juego de rol de Mutant Chronicles.

Llueve en Ciudad de Luna

Llueve en Luna. La pasada madrugada me ha dejado un sabor de boca más amargo de lo habitual. Necesito bajarlo con un buen trago en el Arkadin y hacer algunas preguntas. Las colapsadas alcantarillas vomitan el oscuro y espeso miasma de este cadáver de más de ochocientos millones de habitantes. Que locura, a veces me pregunto cómo se puede mantener aún en pie. Si sobrevives lo suficiente en esta jodida ciudad, llega un momento en que piensas que en cualquier momento, alguien, o algo, va a apretar el botón. Y cuando eso suceda, ni las malditas megacorporaciones, ni siquiera esos fanáticos de la Hermandad, serán capaces de contener toda la mierda que se les vendrá encima. Para entonces espero estar ya lejos de estas calles, retirado en una buena zona residencial de Heimburg. Mientras tanto, disfrutaré de ellas, y de un buen trago cada noche en el Arkadin. Jodida Ciudad de Luna, te echaré de menos.

El Club Arkadin, como siempre, bulle con una heterogénea mezcolanza de lo mejor de la ciudad. Agentes Libres buscando curro o simplemente diversión, camorristas, miembros de bandas, y algún miembro corporativo (generalmente de Capitol) despistado pasan allí las noches, entre humo, música y alcohol. El mejor lugar sin duda para conseguir información, relacionarte o ¿por qué no? romper algún hueso. Entre tragos de cerveza de importación de Bauhaus, el recuerdo del Berlín ha volado hasta mí.

El Berlín… Desde mi mesa era como un lejano puerto entre la azulada bruma nocturna del humo de los cigarrillos. La solitaria barra del Berlín a duras penas sostenía los deseos y frustraciones de la media docena de noctámbulos que arribaban allí desde las profundidades más oscuras de la ciudad de Luna. Desde luego no era el local del momento, fuera de los círculos de moda desde hacía muchos años, se había ido apartando poco a poco, como un viejo macho dominante frente a los más jóvenes e impetuosos, del ruido y los excesos de la cumbre, para pasar a otro tipo de boca a boca, uno mucho más selectivo y fiel. Por eso iba allí, en una ciudad de más de ochocientos millones de habitantes, solo el Berlín, o al menos eso creía, contaba entre su repertorio con música que se escuchó por primera vez en un lejano pasado en la devastada y olvidada Tierra. No era el mejor lugar, pero era el que él había elegido.

Mi primer encuentro con el Berlín fue gracias a Adkins, un auténtico cabronazo con más secretos de los que jamás hubiera imaginado viendo su cara de catálogo de granjero sacado del más árido erial del desierto marciano. Para empezar, nacido en el seno de un clan menor de la megacorporación de Imperial, se convirtió en un renegado tras ser abandonado por su sargento, único superviviente junto a él, en un desastroso asalto a una factoría de mineral propiedad de Cybertronic situada en el cinturón de asteroides. Es evidente que su, por aquel entonces recién adquirido estatus de renegado, no lo provocó la cagada y posterior huida de su sargento en plena batalla, ni siquiera la fallida corte marcial que provocó la aparición de Adkins tras dársele por muerto, y que la familia de su sargento consiguió amañar gracias a sus influencias. No, todo fue tras la visita nocturna de Adkins a la casa de su recién condecorado ex-oficial y el trágico accidente de este en el que sufrió varios impactos de “Aggressor” en plena frente. Tras aquello, Adkins recaló en Marte, alistándose en las Brigadas de la Libertad. Allí se ganó la ciudadanía capitolina de pleno derecho. Adkins, un tío con agallas.

Por alguna razón me tomó simpatía, y entre otras muchas cosas ese local fue uno de sus “ganchos en el estómago”, como a él le gustaba llamar a todo cuanto conseguía sorprenderle. Aquellos dos años en los Carniceros de Stilwell fueron muy duros, pero merecieron la pena, y más con Adkins como sargento. Saber que un tipo así está detrás de ti, salvándote el culo da tranquilidad. Si es que se puede tener tranquilidad en plena zona de guerra.

Habían pasado unos cuantos años de todo aquello, y unos pocos menos desde que Adkins se topó con su último “gancho en el estómago”, uno que le sorprendió tanto que acabó con tres cuartas partes de su cuerpo esparcidas por un lodazal en un lugar indeterminado de las junglas venusianas, en plena campaña contra Bauhaus. El pobre diablo no tenía familia por la que preocuparse (un soldado que aprecie su pellejo nunca debería tener familia de la que preocuparse) así que nunca pensó en retirarse, y eso merecía un trago en su honor, un trago en el Berlín.

Lo que más había importunado a Harding era el retraso en cumplir con ese ritual. Sus obligaciones en las Fuerzas Armadas de Capitol le habían impedido cualquier atisbo de posibilidad de acercarse hasta la Ciudad de Luna. Por eso, cuando recibió su nueva misión y las órdenes para su movilización de Marte hacia Venus, hasta la ciudad de Heimburg, encontró la ocasión perfecta para hacer escala unos días en la capital del único satélite natural de nuestra vieja madre Tierra. Y una vez allí, intentar reunir en el Berlín a todos los que quedásemos del escuadrón de Adkins en los Carniceros de Stilwell. No fue ninguna sorpresa comprobar que, de todos aquellos muchachos, tan solo Harding y yo aún permanecíamos con vida. El resto, Ackerley, Jackson, Yardley, el pequeño Mackenzie, Fairfax “nueve dedos”… habían ido cayendo en una u otra zona de guerra. El Archipiélago Graveton en Venus, la Línea McCraig en Marte, alguna jodida cueva en los inframundos de Mercurio, o incluso en algún oscuro y pútrido callejón de aquí, en Luna.

Así es como llegué aquella nueva noche al Berlín para reencontrarme con un viejo amigo con el que brindar por otro viejo amigo muerto. Con un perdido pedazo de Wall of Sound

aún resonando en mi cabeza desde mi última visita a aquel local, con el recuerdo de mi viejo sargento y una extraña sensación, como una borrosa mancha en la frontera de la mirada, que aún no acababa de adoptar la forma con que suele hacerlo habitualmente en mi vida de Agente Libre. Esa inconfundible forma llamada, problemas.

Un par de semanas después de la noche en el Berlín con Harding, la vida continuaba sin cambios. Seguía con mis trabajos habituales, intentando sacar lo suficiente para poder pagar el alquiler de mi oficina cada mes. Estaba siguiendo la pista a un tipo, un marido que pasa demasiado tiempo en su trabajo. Sí, su mujer tenía razón, se tira habitualmente a su secretaria en la mesa del despacho. Mierda de caso. Tener que hacer esta clase de encargos de tercera me cabrea. Pero las cosas están jodidas últimamente en Luna. Hay que tragar. Eso último ha tenido gracia. Seguro que es lo mismo que ese bastardo le suelta a su secretaría.

Chinatown, Lordbiernac

Chinatown, Lordbiernac

Aquella noche me apetecía pasear. Apenas había coches en la calle, solo algunos peatones cubiertos con abrigos y parapetados tras robustos paraguas que se movían como sombras entre la bruma que escapaba de los sistemas de alcantarillado y la densa cortina de agua. Luces de neón fluctuaban con un enfermizo y pálido color sobre los charcos del suelo, mezclándose con el rojizo parpadeo de las balizas de los edificios más altos. Apenas habían pasado unos minutos de la una de la madrugada, todo indicaba que iba a ser una noche tranquila. Pero no.

Aún era temprano para mí, el Arkadin acababa de ser cerrado por una redada rutinaria, nada fuera de lo normal, así que decidí tomar algo en un puesto de comida ambulante. La Catrina, así se llama, es un pequeño remolque en el que sirven la mejor comida picante de la ciudad de Luna. Elegí unos cuantos tacos y carne muy picante junto a una botella de agua fresca. Es una buena costumbre, comer con agua, os lo recomiendo. Sentado en uno de los taburetes, resguardado de la lluvia bajo un raído toldo rojo, perdido en mis asuntos entre la parpadeante luz de neón verde, tardé en percatarme en el tipo que se escondía en las sombras de un portal cercano. Disimulando mientras comía, gracias al reflejo en el cristal del mostrador pude observarle sin miedo a ser descubierto. Su ropa estaba empapada, debía llevar bastante tiempo siguiéndome. Era bueno. Me había pillado totalmente por sorpresa. Ahora solo había dos opciones, hacer como si no le hubiera visto, esperando su próximo movimiento, o acercarme como quien no quiere la cosa y aclarar ciertos conceptos.

Straws, así se llamaba el tipo. Al menos eso decía la cartera que encontré en el bolsillo interior de su abrigo. Las sombras del interior del portal, apenas rotas por las luces de la calle, me impedían ver con claridad la foto, pero podría decirse que se parecía bastante al tipo inconsciente que besaba el suelo del rellano. Straws un apellido cualquiera. En un principio más cercano a Capitol aunque podría ser una derivación de Strauss, muy habitual en Bauhaus, para llamar menos la atención. Por supuesto que de ser un Agente Libre, como yo, podría haber sido contratado por cualquiera. Mientras seguía registrando sus ropas repasé mentalmente mis últimos trabajos intentando encontrar una posible relación con este incidente. Una primera inspección me hizo descartar a Cybertronic, no encontré implantes aparentes, aunque con esos tipos nunca podías fiarte. Así que, teniendo en cuenta que nunca acepto trabajos que tengan que ver con esas tostadoras con patas y, que mis últimos encontronazos con Mishima e Imperial ya quedaron zanjados, centré inicialmente mis sospechas hacia las otras dos megacorporaciones restantes. Era dar palos de ciego, pero había que empezar por algún lado.

Sherman Modelo 7 “Enforcer”

Sherman Modelo 7 “Enforcer”

Como era lógico, el arma del tal Straws tampoco aclaraba mucho. Una Sherman Modelo 7 “Enforcer”. Una de las más baratas, fiables y más populares armas de fuego en las calles. Debido a su bajo coste es muy común entre policías privados, pequeños empresarios y civiles que quieren protegerse. Se puede encontrar la Enforcer en prácticamente cualquier parte. Definitivamente, no llegaría a ningún sitio por ese camino. Solo restaba una cosa. Despertar al tipo, y ver que tenía que contarme.

Incluso ahora, después de tanto tiempo, sigo impresionado por como sucedió todo, tan rápido. Calculo que desde que me levanté del taburete de La Catrina simulando que comía mi bocadillo indiferente a todo lo demás, hasta que llegué al portal donde se ocultaba Straws y lo reduje, metiéndole dentro, no pasaron más de diez segundos, registrarle otros diez. Treinta segundos máximo. Antes de que pudiera despertarle, un claxon en la calle me hizo girar bruscamente, lo suficiente para que el primer impacto atravesase el cráneo del tipo, rozándome la oreja. Escapé a la carrera al interior del pasillo. Pedazos de pared saltaban por todas partes a mi alrededor, las balas silbaban como malditas dementes. Conocía bien esa zona de la ciudad, la mayoría de los edificios tienen salidas a callejones interiores que desembocan en las calles adyacentes a las principales. Era mi única salida. Quienquiera que fuese quien disparaba, había tenido veinte segundos para posicionarse frente al portal desde algún lugar de la calle. Calculaba que no tenía mucho más para intentar ganar a la carrera alguna de esas callejuelas y escabullirme entre el gentío. Al menos llevaba encima la identificación del tal Straws, un pequeño hilo del que empezar a tirar.

Mientras corría intentaba analizar lo sucedido. Podía tratarse de un equipo de dos agentes, entrenados para eliminar a su compañero en caso de ser capturado, solo conocía un par de organizaciones que trabajaban de esa manera, y no encontraba ninguna posible vinculación con ellas en mi pasado. Otra opción más plausible era la de un segundo agente que, intentó eliminarme a mí y que gracias a ese claxon falló su disparo. Ambas preguntas tendrían que esperar al día siguiente. Haría unas llamadas a alguno de mis contactos en la policía de ese distrito, a cargo de Capitol, e intentaría averiguar que pistas tenían y el origen de esas balas. Aunque no me cabía duda, eran proyectiles de francotirador.

Nadie sabía nada, o nadie quería decir nada. Era como si aquel cadáver se hubiera esfumado, tragado por las colapsadas cloacas de esta maldita ciudad. En la policía de Capitol no había registros del cuerpo de Straws ni del tiroteo. Alguien estaba borrando su rastro y, estar en su punto de mira, no me dejaba una sensación muy cómoda precisamente. Tenía que moverme rápido y averiguar que demonios estaba pasando. Mi estúpido caso del adulterio estaba en sus últimos estertores. Tan solo me quedaba hacer el informe y entregárselo a la despechada esposa. Después ya tendría todo el tiempo del mundo para averiguar quién quería mi pellejo.

Empezaría esta misma madrugada, haciendo algunas preguntas en el Arkadin. A fin de cuentas la emboscada fue tras salir por culpa de la redada y volver caminando hasta La Catrina. Si Straws o su compañero estuvieron por allí, Alice, una de las camareras, los tuvo que ver en algún momento. Era una buena chica y me debía una.

Algún malnacido había abierto las puertas del infierno y todos acababan tarde o temprano en el mismo lugar, el Club Arkadin. “El Muro en que Los Profetas escribieron, se resquebraja desde sus cimientos. Sobre Los Instrumentos de Muerte, la luz del sol destella brillante. Cuando todo hombre es hecho jirones, con Pesadillas y con Sueños […]” ¿Una simple canción?

Casi parecía una profecía. Ecos de tiempos remotos invocados en el interior del local, el epitafio de una sociedad en decadencia.

Sin duda el futuro era incierto…

Y ésta era su primera noche.