Relato basado en la partida de Manu (Imperial) vs. Álvaro (Bauhaus) de Warzone Resurrection

Por Manu “Boreno”

Connor, agazapado entre las ruinas de lo que había sido una base de observación, espiaba los movimientos de las tropas enemigas. Una vez más, las runas no le habían fallado, y le habían permitido guiar a los pocos supervivientes de la anterior expedición de castigo de nuevo hasta su esquivo objetivo: El capitán Ekhard de Bauhaus, el altivo estafador que les había escatimado las armas y suministros pactados por eliminar (curiosamente) de esa misma base de Venus la mancha de la Legión Oscura, el maldito cobarde que se las había apañado para escapar dos veces de la venganza de Gordon Slythe…

No convenía subestimarlo: solo la intervención de Connor y los comandos que había guiado, habían convertido el desastre del intento anterior en una suerte de victoria pírrica, forzando a Ekhard y sus tropas a retirarse. Sí, el capitán había demostrado gran astucia al anticiparse a los movimientos de los Wolfbanes, o tal vez había algo más.

— Connor, maldita sea, dime qué ves — . Gordon no se preocupaba siquiera de ocultar su impaciencia, maldiciendo, farfullando y susurrando constantemente a su espalda. A pesar de la probada experiencia del viejo, sus ansias de venganza podían dar al traste con toda la operación.

— Aún no nos esperan… — susurró Connor—. Hay unos Blitzers tomando posiciones en la torre. Ekhard está a unos 25 metros, justo tras ese bloque; dirige a una unidad de Húsares, que están ocupando el alto del almacén. Han montado una HMG también, cuando oigamos la señal podría colocar una cortina de humo y… — No pudo terminar la frase: El sonido de los motores acelerando, y un ronco y profundo aullido, indicaban que Oakenfist había comenzado el ataque, y que siguiendo el plan, trabaría y acabaría con las tropas pesadas de los bauhausers dirigiendo la carga de las Motos Fenris y los Cazacabezas.

Las granadas de los motoristas barrieron el techo del almacén, anticipándose a los posibles disparos de supresión. Una granada perdida cayó a unos metros del capitán, encabritando a su caballo; Gordon no pudo esperar más, y salió corriendo de su cobertura, aullando de pura rabia.

— ¡MATADLOS! ¡AHORA! ¡MATADLOS A TODOS!

La rabia del viejo contagió a los comandos, que salieron corriendo tras él; vaciaron los cargadores de sus Agressors sobre los Blitzers de la torre, y degollaron sin piedad al resto, que no tuvieron tiempo de reaccionar.

Gordon llegó hasta Ekhard: El oficial aun intentaba controlar su montura, pero el viejo se anticipó, hundiendo hasta la empuñadura su Claymore en el estómago del animal y desparramando sus tripas. Moviéndose sorprendentemente rápido a pesar de su edad, se encaramó al cadáver del animal, y atravesó con su espada a Ekhard, que trataba de liberar su pierna atrapada.

— ¡ESCAPA AHORA, MALDITO! ¡JAJAJAJAJAJA! ¿QUÉ TAL SABE LA SANGRE DE ESTE COBARDE, MI SEÑORA?

Connor, aun desde su cobertura, podía escuchar perfectamente los desvaríos de Gordon, y cómo la ráfaga de la ametralladora pesada montada en el almacén los acallaban (¿los acallaron realmente? le pareció oír la risa desquiciada y salvaje del viejo bajo la lluvia de balas…). Los comandos se echaron al suelo buscando cobertura, y vió un movimiento en la torre: Un Blitzer había sobrevivido y apuntaba un lanzamisiles en dirección a sus compañeros.

— Oh mierda, oh mierda… — Connor se apresuró a cambiar la granada de humo que tenía cargada por una de fragmentación. Sin embargo, su disparo apresurado salió terriblemente mal, rebotando en la cornisa y matando a los dos comandos al pie de la torre.

— ¡JODERJODERJODER…! — Pálido y conmocionado por haber causado la muerte de sus compañeros, buscaba a tientas otra granada, el lanzamisiles de la torre acabó con el resto de la unidad. No tuvo tiempo para lamentarlo siquiera: otro lanzamisiles, que de alguna manera aún estaba operativo sobre el almacén, hizo explotar tanto a Connor como su parapeto.

En el techo del almacén, Morten Oakenfist levantó su martillo del cuerpo machacado del húsar y lo apoyó sobre su hombro. Observó el campo alrededor de la base que habían capturado a los bauhausers. Le dolía un costado (seguro que había un par de costillas rotas por ahí), pero su carga había salido casi a la perfección: aunque los Vulkans habían resistido la primera embestida, apenas habían podido responder a los ataques de Morten y los Cazacabezas. La llegada de sus Perros de Guerra había acabado de sentenciar a las máquinas, y apenas habían sufrido un par de bajas: una loba se había reunido con su amado en el otro mundo, la moto que montaba Oakenfist había sido destruida (aunque su piloto tal vez sobreviviera), y los Cazacabezas, a pesar de la muerte de su caudillo, estaban contentos tras haber aumentado su colección con las cabezas de los Juggernauts.

Apartó los repulsivos hábitos de los cazacabezas de su mente, y se centró en otra parte del campo de batalla: el enemigo había sufrido grandes pérdidas aquí también, pero toda la unidad de comandos, voluntarios para esta misión para satisfacer su sed de venganza, yacía entre los cuerpos de los Húsares y los Blitzers.

Bajó a nivel del suelo y mientras vagaba pensativo entre los cadáveres, le sobresaltó el ruido de una fuerte tos: con la cabeza apoyada en el estómago del caballo del oficial, con su barba blanca y la cara empapados en sangre, a pesar de sus muchas heridas, y contra todo pronóstico, Gordon Slythe lo observaba aún con vida…

— Morten… Morten… — articuló con dificultad, escupiendo sangre —… por lo que más quieras… haz que alguien me traiga una trago.