Era una neblinosa mañana de abril la que acogía los primeros resplandores de Sol en la Ciudad de Luna. En realidad, todas las mañanas en esa sobremasificada ciudad de enormes sectores industriales que teñían el cielo de un gris característico, eran así. Pero esa mañana, el Asistente Personal del Decimotercer Ejecutivo sentía que algo era diferente.

Su jefe le había ordenado que grabase todos los datos de un sector aislado del terminal de su computadora personal en soporte nanodigital. El Decimotercer Ejecutivo tenía acceso a todos los datos de la Corporación. Un acceso que solo compartían unos pocos elegidos que, como él, eran imposibles de identificar para los investigadores del Cartel y las demás Megacorporaciones. Aun estando ocultos a la vista de todos.

patrick01

El Decimotercer Ejecutivo le había otorgado permisos de acceso ilimitado también a su Asistente. Ese “regalo” era principalmente un reconocimiento a los largos años de servicio hacia su persona, años que le habían supuesto la pérdida de varios órganos y miembros que habían sido reemplazados gratuitamente con las más exclusivas mejoras cibernéticas gracias a la intercesión de su jefe. Nadie exageraría si dijese que le debía la vida, pero el regalo del acceso a los datos era su mayor satisfacción. La confianza no es una mercancía que se adquiere fácilmente, y menos en estos días.

Honestamente, de nada le servían a él, puesto que todos los datos estaban encriptados mediante una clave octodinámica de aleatoriedad poligonal (como le había revelado el Ejecutivo), en resumen: era imposible de descifrar. No le importaba en absoluto tener acceso a secretos que no podía leer, ya que le satisfacía y le asombraba el poder presenciar como su jefe podía permanecer más de 40 horas consecutivas frente a la pantalla leyendo y escribiendo en ese bello e indescifrable código que se asemejaba formalmente a una antigua escritura cuneiforme hace largo tiempo olvidada ya en la Vieja Tierra, y que había visto en unas tablillas custodiadas en la biblioteca privada de su Señor.

Mientras extraía los datos sólo pudo traducir dos palabras que había visto escritas una única vez con traducción al lenguaje común en un informe privado. Era la denominación global del sector aislado de la computadora: БГЖКЛѮ цӫԒᵹҘҌ, significaba “Legión Oscura”. Lo sabía. No hizo preguntas. Cuando acabó de extraer los datos a formato digital quedó agotado y satisfecho por su trabajo y guardó con mimo y en estricto orden los cientos de pequeños discos negros en la caja blindada de cerradura electrónica que su jefe le diera horas atrás.

Ahora descansaba hasta que llegase la hora en que su jefe saliese de su cámara y le pidiera que le llevase al Cuartel General.

****

– Buenos días, Patrick.

Después de tantos años ya no se sobresaltaba al oír cómo surgía de la nada la voz de una silenciosa figura que no estaba ahí hacía unos segundos. Ya le resultaba familiar el absoluto silencio de sus movimientos. Nunca se lo había revelado, pero estaba seguro que era parte de las mejoras cibernéticas que disponía en su cuerpo aunque no eran visibles, algún sistema silenciador que eliminaba hasta el ínfimo zumbido subsónico que generaban los implantes de Cybertronic. De hecho, le preocuparía el día en que su jefe empezase “a hacer ruido”.

– Buenos días, Señor.
– ¿Terminaste la tarea que te encomendé anoche?
– Sí, Señor. Los discos están en la caja esperando que active el cierre nanogenético.
– Ve sacando el coche, nos vamos a la oficina. Cerraré la caja y te espero en la puerta principal.
– Sí, Señor.

solar-chrome-resize

Sin perder tiempo, el Asistente cogió el ascensor hacia el garaje. Allí se subió al lujoso Solar Chrome aparcado cuidadosamente en la plaza central y disfrutó como siempre cuando el ordenador le informó que el motor estaba en marcha (pues su sonido era imperceptible) y todos los sistemas y chequeos de seguridad habían sido validados satisfactoriamente. Sabía que nunca habría sido capaz de conducir un coche así, de sentir su tapicería de cuero auténtico y sus maderas naturales de las selvas más exóticas de Venus, sino al servicio de su Jefe. Su exorbitante precio de mercado llegaba a las 640.000 Coronas, al alcance de muy pocos en esta o en cualquier ciudad.

Sacó el coche al camino de entrada de la casa, una senda de grava mercuriana frente a una mansión de estilo victoriano antiguo que encajaba a la perfección con los uniformes trajes de clásico corte inglés de su propietario. El Ejecutivo ocupó su asiento en el vehículo.

– Demos un paseo, Patrick.
– Sí, Señor.

El Asistente sabía qué significaba eso. Desde que había iniciado su cargo de Embajador de Cybertronic ante la Hermandad, Patrick y solo él, había sido capaz de percibir cómo se había estado operando un cambio en el Decimotercer Ejecutivo. Ya no seguía las rutas más eficientes indicadas por la computadora de a bordo a través de los sectores reservados y evitando los tan frecuentes embotellamientos verticales en la Ciudad de Luna. En vez de ir a la oficina por la zona acaudalada de Luna, ahora prefería ir dando un rodeo por la zona industrial y los abundantes sectores pobres de la nueva capital del Sistema Solar. A veces, incluso le había parecido ver cómo su atención se desviaba hacia algún niño que se movía cuasi mecánicamente por entre las montañas de basura y escombros. Le parecía que había algo diferente, algo más… “humano” en él.cyber-hq

El Asistente notó que algo no iba bien, que iba a suceder algo importante, porque se mantuvieron en silencio durante el trayecto, y era habitual que su jefe le inquiriese sobre qué hacía en las pocas horas libres que le permitía su empleo. Habían llegado a tenerse cierto afecto.

Al llegar al sector corporativo y tras callejear por lujosas avenidas jalonadas de tiendas de diseñadores Capitolinos y joyerías Imperiales, llegaron a la amplia avenida que les llevaría a su destino. Al fondo se apreciaba un enorme edificio de cristal que parecía crecer y brillar más según se aproximaban. El Cuartel General de Cybertronic en la Ciudad de Luna es un inmenso rascacielos de durantium y cristal antibalístico con una planta en forma de “C” gigantesca cuando se ve desde el cielo, y un foso que lo rodea y lo aísla del exterior, siendo solo accesible a través de una estrecha pasarela retráctil sólidamente defendida al igual que el resto del perímetro.

El Solar Chrome entró directamente y sin detenerse a los aparcamientos de Ejecutivos en el Primer Nivel subterráneo, y se detuvo silenciosamente en el escáner trimodal, antes de estacionar en su plaza reservada.

– Patrick, tengo otra misión para ti. – anunció el Decimotercer Ejecutivo.
– Dígame, Señor.
– Tienes que ir al ala militar del edificio, subnivel 36. Allí te está esperando una escolta para que vuelvas a casa.
– ¿A casa, Señor? – respondió sorprendido el Asistente. Era imposible que su jefe hubiera olvidado algo.
– Sí, Patrick. Tienes que trasladar la caja de discos que cerré esta mañana.
– ¿Quiere que se la traiga, Señor?
– No, Patrick. Quiero que la lleves a otro sitio y que me esperes allí con ella. No despidas la escolta hasta que yo llegue. Iré con el coche.
– ¿A dónde he de trasladarla Señor?
– A la Catedral de Luna. Quiero que la lleves al Claustro Principal.

El Asistente enmudeció mientras su jefe abandonaba inmediatamente el vehículo sin hacer más apreciaciones y entraba en el turboascensor para llegar a las plantas superiores del área ejecutiva.

Tras unos minutos que pasaron en el silencioso asombro del Asistente, salió del vehículo para cumplir con la misión encomendada. Extraña o no era una orden, y las órdenes no se discuten, su condicionamiento le obligaba simplemente a cumplirlas. Se dirigió al control de acceso del área militar del edificio.

– Soy Patrick Bonner, he sido enviado por…
– ¡Sígame!, le estábamos esperando.

El Cazador que le había interrumpido le condujo rápidamente por un corredor auxiliar a la zona de embarque.

– ¡Señor!, el señor Patrick Bonner ya ha llegado.
– Gracias cabo, vuelva a su puesto.
– Sí, Señor.

El nuevo soldado era aún más grande y fuerte que el Cazador que le había llevado hasta allí. Al ver sus heridas y los galones del cinturón se dio cuenta de que se encontraba ante un Héroe Cazador. Los pocos que sobrevivían para llega a ese nivel y reconocimiento eran temidos y respetados a partes iguales.

– Señor Bonner, soy el Comandante Leighton estamos a sus órdenes. El convoy espera que nos dé la orden de partir a la misión programada.

army-list

El asistente se sintió apabullado, ya no por su extraña misión o darle órdenes a un Héroe como aquél, sino al ver el convoy de que hablaban. El Cazador le desplegó un listado de tropas en su ordenador de batalla para que diera su aprobación: 2 vehículos ligeros TA6500, dos escuadras de los temibles Coraceros y un destacamento de Cazadores Mejorados al mando de un Sargento Mayor. También aparecían en el listado dos Androides Asesinos Erradicadores que el Cazador le puntualizó que estaban en la azotea preparados para su despliegue aerotransportado. En el medio del más que defendido convoy aguardaba un vehículo blindado de transporte. Sobreponiéndose a la impresión y simulando una calma que no albergaba, pero que sus mejoras pudieron inducirle con la descarga de neurotransmisores y hormonas pre-calibradas, dijo:

– Partiremos inmediatamente, Comandante.
– Sí, Señor.

Mientras el abrumado Asistente regresaba a la Mansión y cumplía con el extravagante transporte hasta la Catedral de Luna, su jefe se dirigía al despacho con los demás directivos. Los había convocado en la Sala de Juntas, el conocido como “Palacio de Cristal”.

board

Los rostros de los demás Ejecutivos de Cybertronic estaban tan llenos de intriga como de preocupación, algo a lo que no estaban acostumbrados en absoluto. La siempre inescrutable figura del Decimotercer Ejecutivo les había inquietado desde el principio, ya que oficialmente la Junta Directiva está formada solo por 12 miembros. Pero siempre habían obtenido mayores beneficios (tanto en acciones bursátiles como militares) siempre que él participaba en las decisiones de la Junta.

– Señores, tengo un anuncio importante que hacerles.

Un murmullo de inquietud se elevó en la Sala de Juntas.

– Nos tiene a todos intrigados Decimotercero, espero que valga la pena habernos sustraído de nuestras obligaciones.
– No lo dude, señor mío – dijo, arrastrando la palabra “señor” de un modo confiadamente insolente – no quedará decepcionado…

El silencio que siguió a esta afirmación llenó la sala de una tensa expectación.

– He decidido marcharme una temporada. Tomarme unas vacaciones.

Los impresionados rostros de sus compañeros traicionaron los ajustes del equilibrio neurohormonal con el que respondieron sus implantes. Traicionados por sus reacciones con algo tan inesperado, uno a uno fueron descifrados y registrados por el Decimotercer Ejecutivo en apenas una fracción de segundo. La inquietud permanecía, todos sabían que la palabra “vacaciones” no entraba en el vocabulario de ningún Ejecutivo de la Junta.

– Pero,… ¿y la Corporación? – Inquirió el Séptimo Ejecutivo sentado a su derecha.
– La Corporación no se verá en absoluto afectada por mi ausencia. Los planes de ampliación de mercados y los proyectos de infraestructuras y producción que aprobamos el mes pasado ya están en marcha. Ustedes solo tienen que cumplir los proyectos que he desarrollado y lanzado recientemente. Eso les mantendrá ocupados por un par de años.
El Doctor Maistyk se queda a cargo de los proyectos de investigación y desarrollo tecnológico, y el General Oppenhausser ha recibido órdenes pertinentes para el avance del sector militar y lleva años con independencia operativa.
Comprobarán que todo está atado y bien atado según el informe que les será descargado a sus unidades de memoria en su próxima conexión a su enlace de Subrealidad. Sólo en caso de contingencias extremas se requeriría mi presencia e intervención. Eso es todo, vuelvan al trabajo.

Una voz se elevó sobre el murmullo inquieto que se apoderó de la Junta Directiva:

– Pero, Señor
– ¿Sí, Tercero?
– Si le necesitamos, ¿dónde le encontraremos?
– Manden al Mayor Sykes, del Cuartel General, a buscarme. Él sabrá dónde encontrarme.

Sin mediar más palabra, el Decimotercer Ejecutivo abandonó la Sala de Juntas, dejando sumidos en una indescriptible sensación a los Ejecutivos, y se dirigió a su coche en el garaje. Había tomado una decisión y no había marcha atrás. Hasta que decidiera volver, o fuese necesario, su vida transcurriría apartado tras los muros de la Hermandad.

****

satellitereign_screencapture_2014_12_31__01_42_01-resizedEl nerviosismo empapaba la camisa del Asistente a pesar de la perfecta climatización del habitáculo de su vehículo. Llevaba sobre sus rodillas la caja blindada y a su lado al Héroe Cazador que no paraba de recibir señales de satélite y teclear órdenes a sus tropas a través del ordenador que llevaba anclado alrededor de su brazo izquierdo y que se transmitían inmediatamente a sus unidades a través de enlace neural.

– ¿Falta mucho, Comandante?
– A la velocidad actual, tiempo estimado de llegada,… 3 minutos 47 segundos, Señor.
– Gracias.

Cuando se adentraron en la Gran Plaza, el asistente vio por las pantallas tácticas del vehículo cómo estaba tomada por varias escuadras de soldados del Cardenal y que dos Poderosos Guerreros Sagrados esperaban en el centro de la Escalinata Mayor franqueados por sendas Valkirias y un séquito de Inquisidores frente a ellos.

luna-cathedral

Cuando el convoy se detuvo, el asistente pudo observar cómo, en apenas unos segundos, todas las unidades de Cybertronic cumplieron a la perfección el despliegue táctico programado en tiempo real durante el viaje por el Héroe Cazador y cómo, con pasmosa celeridad, tomaban con exactitud sus posiciones y comenzaban a barrer con sus escáneres los edificios y el terreno colindantes.

Los TA6500 al frente, cubriendo con su potencia de fuego toda la plaza, los Erradicadores eran desplegados por sus transportes aéreos protegiendo los flancos; y los Coraceros y Cazadores formando un sólido núcleo central alrededor del transporte blindado.

– Zona asegurada, Señor. Podemos abandonar el vehículo a su orden – anunció el Héroe Cazador.
– Procedamos.

Descendiendo del vehículo y franqueados por su escolta, el Asistente se dirigió a los Guerreros Sagrados:

– Les saludo, nobles guerreros. Tengo órdenes de esperar a mi Señor en el Claustro principal custodiado por mi escolta.
– Ningún engendro de metal traspasará estas sagradas puertas – dijo el Guerrero Sagrado.
– Pero tengo órdenes de…
– Eso no será inconveniente –interrumpió el Héroe –, una escuadra de Cazadores le protegerá mientras el resto cubre el exterior. Eso bastará, no son IAs.
– No me ha entendido. No permitiremos que ningún ser con chatarra de los Cybers encima franquee estos Sagrados Arcos, así que…
– ¡Basta, hermano Claude!

Una voz autoritaria aunque dulce interrumpió al Guerrero Sagrado. Un hombre de elevada estatura y robusta complexión cubierto por ricos ropajes apareció de improviso. Su porte y sus distintivos y atributos delataban su identidad y cargo. Era el mismísimo Nimrod, Curia del Cardenal.

– Estos son los enviados de nuestro nuevo hermano, a quienes se te dijo que franquearas el paso.
– Lo siento, Señor. Nadie me indicó que fuesen de los chatarras,… quería decir, de Cybertronic.
– Señor Bonner, le ruego que me acompañe. Su escolta puede seguirnos si lo desea, aunque no serán necesarios entre estos muros. Le indicaré dónde deben esperar.

****

Tras varios minutos de tensa espera con las tropas de Cybertronic y de la Hermandad demasiado cerca y en demasiado poco espacio para el gusto de cualquiera, el brillo (que no el sonido) del Solar Chrome centró la atención hasta que se detuvo en el centro de la plaza. La tensión se incrementó cuando su ocupante bajó del vehículo y se dirigió al Héroe, que había permanecido a las puertas de la Catedral junto a los Guerreros Sagrados.

– Gracias Comandante. Cuando salgan sus Cazadores pueden volver al Cuartel General tras acompañar al señor Bonner a mi residencia. El apoyo pesado ya no será necesario. Ordene su repliegue inmediato.
– A sus órdenes, Señor – e inmediatamente inició la orden de repliegue coordinado.

Contrariamente a lo que cualquiera habría esperado, los Guardias dejaron pasar al Decimotercer Ejecutivo sin siquiera dirigirle la palabra, y en unos minutos se reunió con su Asistente en el Claustro.catedral

– Gracias, Patrick. Has cumplido muy bien tu trabajo.

Tras esto se acercó al miembro de la Curia y se fundieron en un abrazo ante la mirada impertérrita de los que allí se encontraban, fueran de la Hermandad o de Cybertronic por igual.

– Hermano Nimrod, ya estoy con vosotros.
– Hermano Ejecutivo, bienvenido seas. El Hermano Dominic se reunirá contigo más tarde

¿Hermano Ejecutivo? ¿Qué significaba esto? ¡Por todos los Razidas de Nerón! ¿Un Ejecutivo de la Junta de Cybertronic, un hermano del Cardenal? El Asistente ya estaba saturado de sorpresas por ese día (y diría que para todo el año), así que se limitó a seguir en silencio a los dos hombres hasta una celda en el ala de los dormitorios.

– Hermano, hemos tenido muchas quejas acerca de que introdujeses ese aparato entre estos muros. Tantas como por haber traído electricidad a este Santo Edificio.

El Asistente se percató del terminal de computadora que llenaba el fondo de la sala, idéntico al de la Mansión de su jefe.

– Ya te dije que podía acomodarme en otro edificio. O incluso fuera de la Catedral.
– No, eres un hermano, y los hermanos viven y duermen juntos. Unos duermen con sus libros, otros con sus armas, tú lo harás con lo que te es tan familiar como a un Furia su espada o a una Vestal su lanza. Ahora os dejo, el deber me reclama. Señor Bonner – dijo volviéndose al Asistente – un placer conocerle por fin.
– Gracias, Señor… (supongo)

El Curia abandonó la celda y cerró la pesada puerta de madera tras él.

– Señor, si me lo permite, ¿qué es todo esto?
– Mi nuevo hogar Patrick.
– ¿Y yo, Señor? ¿Dónde me quedaré? En este cuarto solo hay una cama – descubrió el Asistente con inseguridad.
– No te quedarás aquí conmigo, Patrick.
– ¿Me despide, Señor? ¿He faltado a mis obligaciones? ¿No he sabido servirle bien?
– No Patrick, no te despido. Y ya no tienes que llamarme Señor si no quieres.
– Pero,… Señor, ¿qué hago yo?

El Decimotercer Ejecutivo sacó un maletín del interior de un armario y se lo cambió por la caja sellada que aún sostenía el Asistente.

– Toma, Patrick. Aquí tienes los títulos de propiedad de la casa, el coche y de todo lo que poseo. También están los códigos de cuenta y las claves. He habilitado tus biomarcadores por si se te requieren en alguna operación. Toma las llaves del coche, está en la plaza esperando. No abandono Cybertronic, al fin y al cabo soy quien soy, pero al entrar aquí he de hacerlo con lo puesto. Me has servido largos años, Patrick; quiero que tú disfrutes ahora. Mi escolta personal y la asistencia de Cybertronic están ahora a tus órdenes. Cuando vuelva sé que me traspasarás todas las propiedades cuando tenga necesidad de ellas. Confío en ti, Patrick.
– Pero, Señor – la tristeza y la angustia le delataban en el temblor de su voz y la humedad que regaba los ojos del Asistente – quiero quedarme con usted.

El Decimotercer Ejecutivo apoyó sus manos delicadamente pero con firmeza sobre los hombros de Patrick.

– Patrick, amigo mío, tú has sido mi familia durante todos estos años. Hemos compartido la vida y la muerte, los ricos suelos de los Salones de Juntas y el barro ensangrentado de los campos de batalla en las zonas de guerra. Has sido mi única “familia” desde que tengo algún registro de información. Pero ahora he entrado, en cierto modo, en la Hermandad; la propia Curia y el Cardenal de Luna me prepararon hace un año durante esas vacaciones que te di y nunca te había dado. Ahora ellos son mi familia.
– No quiero nada – dijo tratando de devolverle el maletín –. Quiero quedarme… ¡entraré en la Hermandad!
– Pero este no es tu sitio, necesitas libertad, y no te volverá a hacer falta trabajar. Sé piadoso y ayuda a los pobres. Tu gran corazón hallará descanso tras todo lo que hemos visto juntos. Y ahora vete, Patrick. Volveremos a vernos – dijo finalmente mientras le rodeaba con un abrazo indescriptible.

2f96fdc36356981af8e7ad6900b330e4

El silencio le rodeó desde ese momento y hasta que llegó a la Mansión. No sabía siquiera si había conducido hasta allí o había sido el sistema satélite el que había guiado el coche. Se sentó en el salón frente a la chimenea y pensó. Era la primera vez que se sentía lejos de su jefe, aunque sin saber cómo, nunca, jamás, había estado tan cerca de él como cuando hablaron en la celda. Aunque sabía que tardarían en verse, era consciente de una cosa: su jefe era más humano que nunca, y más cercano a él de lo que jamás había soñado. Unas palabras retumbaban en su cabeza, las últimas que le dirigió, mientras se calmaba los nervios con un generoso vaso de Whisky Imperial Artesano del Clan Murray traído de contrabando a través del Puerto Espacial Preston: “Hasta pronto, hermano”.

 

Juan Llorente (The 13th Executive)